sábado, 14 de octubre de 2017

"Están recetando speed a niños y niñas"

Iñaki Redín Eslava, biólogo de 53 años, máster en Biotecnología Avanzada por la Universidad Autónoma de Barcelona y, actualmente, profesor en el Instituto de Enseñanza Secundaria Barañain. Padre de tres hijos y dibujante, acaba de publicar Educar sin drogas en la Editorial Katakrak, un ensayo —con ilustraciones propias— sobre adolescencia, alcohol, tabaco, cannabis y Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).

 
¿Qué pinta el TDAH en tu libro? 

Mucho. El principio activo de los medicamentos recetados para tratar el TDAH es el metilfenidato. Este compuesto químico también es conocido como MPH: Miles Per Hour, la unidad de medida del velocímetro de los automóviles (speedometer en inglés). Hablamos del speed, la cocaína de los pobres que tanto se consumió en los años 80 y 90, con su ansiedad.

¿Qué quieres decir? 

Están recetando speed a niños y niñas. Al principio era un diagnóstico netamente masculino, pero ahora ya no es así. Hace ocho años, mi hijo mediano estaba pasando una mala época y le diagnosticaron TDAH. Nos pilló por sorpresa pero, al cabo del tiempo, vimos que aquello no iba bien y le sacamos de aquel programa. 

¿Cómo reaccionan las madres y los padres ante el tratamiento?
Tienen miedo y, cuando una persona está asustada, no razona. Como dijo Mark Twain: “Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”. Ven que la cosa no funciona, pero no saben hasta dónde llega la madriguera del conejo en la que se han metido dándole speed a su hijo. Esa droga te lleva a un sitio al que no quieres ir. Cualquiera que la haya probado lo sabe de sobra. 

No tiene sentido, el speed es una droga que te pone ansioso. 

Efectivamente, no es lógico que un excitante sea lo más adecuado para una persona excitada. Sus defensores hablan del “efecto paradójico” sin que se les caiga la cara de vergüenza. En realidad, lo que hacen con ese niño es romperle el ciclo de vigilia-sueño. El menor pasa a tener un sueño de mala calidad y a estar casi siempre medio dormido o en estado de alerta. Si los padres y madres vieran cómo están sus hijos en el aula, abandonarían el tratamiento. Están en clase, pero no se enteran de nada. Es doblemente dramático porque las pastillas no solo no arreglan nada, sino que acaban provocando la enfermedad. 

¿Cómo es posible? 

Al cabo de un tiempo, esos chicos efectivamente no pueden mantener la atención, disminuye la comprensión lectora... y el trastorno se materializa de verdad. 

¿Esto solo pasa aquí? 

Bueno, estamos ante una moda psiquiátrica. Como en su tiempo lo fueron la dislexia, la paralexia, la dislalia o la discalculia... que afortunadamente no tenían medicamentos asociados como en este caso. En Francia hay una centésima parte de los casos y en los países nórdicos, directamente, no existe. Es cierto que está creciendo en nuestro entorno pero a nivel mundial —en términos relativos— solo estamos por detrás de EE.UU. No es un problema de código genético, como sugieren algunos, sino de código postal. Se está copiando un modelo fracasado como el estadounidense —el que instala detectores de metal y personal armado en las puertas de los centros— porque es más económico. Drogar es más barato que educar.

Un niño movido es sospechoso... 

Siempre ha habido niñas y niños movidos. A principios del siglo pasado, a los recién nacidos que lloraban les recetaban cuatro gotas de opio, en los años 20 era el Jarabe de Heroína Bayer. Ahora se están dando anfetaminas cuando todavía hay procesos judiciales en marcha contra médicos, psicólogos y psiquiatras por recetárselas a mujeres en los años ochenta para cuidar la dieta. 

De acuerdo, pero hay jóvenes que realmente tienen TDAH. 

No se puede tener lo que no existe. Cuando el consejero de Educación José Iribas activó el protocolo de derivación hace diez años, había uno o dos niños por instituto. Ahora hay uno o dos en cada aula. Es una enfermedad sin base fisiológica: hay muchos chavales diferentes y con problemas, pero eso no quiere decir que tengan TDAH. Ellos sufren mucho. Gorditos, flacos, inmaduros, los que han crecido en exceso, los gafotas... todos están juntos en la misma clase por fecha de fabricación —como los yogures— aunque su proceso de maduración sea diferente. Y luego están los que necesitan más atención que los demás o los que buscan su lugar en el mundo de manera más activa que el resto. El porcentaje de TDAH entre los nacidos en diciembre —los más pequeños de la clase— es altísimo. Hay que tener en cuenta que se empieza a diagnosticar a los cuatro años (en Navarra hay diagnosticados 14 casos de esa edad). Algunos llevan ocho años con pastillas. 

¿Qué ha desencadenado esta medicalización? 

Antes de 2007 los diagnósticos eran residuales. El TDAH es hijo de los recortes. Se ha subido la ratio de 25 a 35 alumnos por aula, han aumentado las horas de docencia, se han bajado los sueldos. En una clase de ese tamaño y con cuatro o cinco niños movidos, la enseñanza se hace difícil. ¿Solución? Fármacos. Ahora bien, el TDAH es prácticamente inexistente entre familias humildes o de inmigrantes... porque se ve normal que la vida les vaya peor. La última cifra publicada en Navarra en 2014 habla de 4.800 niños afectados. ¿Te imaginas ese número de personas con esguince de tobillo? Se estarían arreglando todas las aceras.

¿Es pues un fenómeno de clases medias? 

En un principio sí, aunque ahora nadie se libra del diagnóstico. Todos estos chicos y chicas van a rendir muy por debajo de sus capacidades. Siempre te queda la duda de hasta dónde habrían llegado si no los hubieran atiborrado con psicoestimulantes y les hubieran dejado madurar. 

Pero, ¿existe el TDAH en todos los modelos educativos, independientemente de la renta media de las familias en cada escuela o ikastola? 

Sí, pero lo importante es cómo se aborda el conflicto en cada caso. La enseñanza privada o concertada —en euskera o castellano— presume de recursos y dotaciones, pero la verdad es que, en los centros más elitistas, cuando tienen este tipo de problemas, invitan a los alumnos a irse a la red pública. Cosa que, por cierto, ocurre casi siempre. 

¿Qué habría que hacer? 

Necesitamos docentes, pero nos dan pastillas. Faltan recursos. Hay que hacer desdobles y atender la diversidad. Antes, los alumnos con más dificultades iban a una diversificación curricular que les permitía titularse y ahora la tendencia es no hacer nada con ellos. El espíritu de la LOMCE es no gastar dinero en las personas que tienen distintas capacidades. Es lo que se cuenta en la película distópica Gattaca: los mejores recursos solo están disponibles para los más aptos. Y el control de todo el proceso, en manos privadas.

¿Por qué? 

Los test se realizan en entidades públicas y privadas, pero algunas de estas últimas lo hacen con especial interés. Son las que, en épocas no muy lejanas, trataban la homosexualidad como una enfermedad. El TDAH es un negocio monumental.

¿Cuál es el procedimiento? 

Hay que rellenar un cuestionario de 18 preguntas (Snap-IV) que no tiene ninguna base científica y que en muchos países ni siquiera está reconocido. Si alguien sospecha de un niño o niña —en la familia o en la escuela— y le acaban haciendo la prueba, no tiene escapatoria. Primero lo derivan a neuropediatría para ver si tiene una meningitis mal curada o un tumor, y luego a salud mental para analizar si existe algún trastorno; y, si ambos análisis son negativos, la solución es... el tratamiento. En realidad, no existe ninguna prueba diagnóstica cerebral gráfica que diferencie entre un cerebro sano y un cerebro con TDAH. Sin embargo, sí que hay evidencia científica de las diferencias entre un cerebro tratado con speed y otro sin tratar. A los docentes no nos hace falta ninguna prueba para saber qué niño o niña está en tratamiento. Nos basta con observarlos durante una hora. 

¿Qué habría que hacer? 
 
Lo primero, cortar el grifo: no más diagnósticos de TDAH en Navarra. Luego haría falta un posicionamiento público del Colegio de Médicos y del Colegio de Psicología, que —en privado— reconocen, al menos, el sobrediagnóstico actual. La Consejería de Salud tendría que hacer una reevaluación de todos los diagnósticos realizados hasta la fecha. Los casos positivos tendrían que derivarse a adaptaciones curriculares que permitan titularse a los alumnos. Por cierto, el Gobierno del cambio no ha hecho nada al respecto. Les escribí a principio de legislatura y me contestaron eso de que: “Estamos trabajando en ello porque es un tema complejo”. Hasta hoy.